La Casa del poeta

Texto extraído del libro “La Primavera de Machado”. Año 2007.

¡Blanca Hospedería, celda de viajero, con la sombra mía!

“Al cabo de la Refitolería, parte a la derecha la calle de los Desamparados, en cuyo número 5 se concentran los recuerdos machadianos. Ningún otro lugar posee la elocuencia transparente de este recinto para hablarnos de la fibra moral de un hombre en el buen sentido de la palabra bueno. En sus estancias sobrias, de una desnudez cercana a la penuria, no es difícil entrever la huella del poeta. A su llegada a la ciudad, el 25 de noviembre de 1919, le hizo de anfitrión José Tudela, archivero de Hacienda a quien había conocido en su etapa soriana. Con él comió en el hotel Victoria, de la plaza, que Tudela le propuso como hospedaje, e hizo el primer paseo. Pero enseguida sugiere a su amigo que le busque un pupilaje más modesto, aunque sea en la posada del Toro, establecimiento muy humilde que habían visto en su andanza aquel día, instalado en una casa del tiempo de los Reyes Católicos. Después de alguna pesquisa, Tudela lo encaminó a la pensión que regentaba doña Luisa Torrego en los Desamparados, donde vivió entre 1919 y 1932.

La casa conserva los espacios que conoció el poeta.

A diferencia de su estancia soriana, donde el poeta se mantuvo a solas con el hombre que siempre va conmigo, Segovia lo implica enseguida en la aventura de la Universidad Popular y arropa su desamparo en la complicidad con amigos verdaderos, que encontrará sobre todo en el círculo que concurre cada tarde al estudio compartido por el escultor Emiliano Barral y su cuñado el ceramista Fernando Arranz.

Para calibrar la fibra de aquellos compañeros de sueños, basta reparar en el milagro de su habitación de trece años, conservada hoy como hace setenta y cinco años, cuando el poeta dejó Segovia. Este viaje a sus estancias intactas es posible porque su amigo Mariano Grau, funcionario municipal y estimable escritor, pagó durante dos décadas el alquiler del poeta muerto, hasta que en 1950 la Academia de Historia y Arte de San Quirce, sucesora de la Universidad Popular, se hizo cargo del arriendo, en 1950, para comprar a doña Luisa el piso con su mobiliario dos años después, por un importe de 90.000 pesetas, asignándole una pensión de doscientas cincuenta pesetas mensuales. Luego, la Academia se hizo con la planta baja y su jardín de acceso, donde nos saluda el busto del poeta, copia hecha por Pedro Barral del que le cinceló su hermano Emiliano, en una piedra rosada, / que lleva una aurora fría / eternamente encantada, que se conserva en la Institución Fernán González de Burgos como parte del legado de Manuel Machado. Al lado del busto, antes de entrar en la casa, se encuentra la librería machadiana más entrañable que el lector pueda imaginar. Un recinto cordial y agobiado de papel en el que es frecuente el gozo de hallazgos insospechados.

Busto del poeta ubicado en su museo segoviano.

La casa conserva los espacios que habitó el poeta. A la entrada, la cocina con sus utensilios. El pasillo conduce hasta el comedor de huéspedes, con su reloj y las sillas colocadas en torno a la mesa. Algunos dibujos y retratos del poeta arropan la desnudez del piso junto a unos pocos libros. En el dormitorio, la cama, el armario, la mesilla, el lavabo portátil, un espejo y la mesa camilla. También la estufa de petróleo con la que trataba de combatir la crudeza del invierno y cuyas explosiones lo atufaron más de una vez. A pesar de esta ayuda, que entre sobresaltos y averías no debía de servir para mucho, el poeta bromeaba algunas noches en el café contando a sus amigos que dejaba abierto el balcón para que se caldee la habitación.

La habitación que ocupó Machado durante trece años se conserva hoy igual que cuando el poeta la habitó.

Desde esta casa, el poeta emprendía por Escuderos el camino de la obligación que le llevaba al Instituto cruzando la Plaza Mayor y el Azoguejo. También, por la Juderia Nueva, acudía a estrenar las tardes con sus amigos en el taller de Arranz, que ocupaba la vieja iglesia románica de San Gregorio, al lado de la Casa del Sol. Y a través de San Esteban, tomando la puerta de San Cebrián o el postigo de Santiago, asomaba a la ribera del Eresma para emprender sus caminatas vespertinas.”

“La primavera de Machado”, de Ernesto Escapa. Las Guías del Duero. El Mundo Castilla y León. Edición: 2007.

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