Manto. Raquel Bartolomé

El Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente inaugura exposición: Manto. Raquel Bartolomé.

Perdóname luna

Raquel Bartolomé (Segovia, 1984) plantea esta exposición en torno al término que titula la muestra: “Manto”. Un feliz hallazgo, pues identifica una de esas formas elementales que encontramos con frecuencia en la naturaleza y que, además, tiene un fuerte contenido simbólico. Manto es “la capa grasienta que envuelve, al nacer, a algunas criaturas”. Manto es la “capa de la Tierra situada entre la corteza y el núcleo”. Y son manto la fitosfera, la biosfera y la atmósfera. Son manto o manta, también, lo que nos abriga desde la primera desnudez y nos despide en la última. Y está el manto magnífico con que dioses y diosas, y nuestras Vírgenes, nos protegen del mal (por eso los adornamos). En la idea de envoltura se resumen todas sus propiedades, que son, en definitiva, protectoras. Así, en esta exposición, encontramos mantos de lana, mantos sembrados, pinturas que representan el manto vegetal, una escultura de barro, algas y paja, y, por último, ese manto o velo que es el sudario.


Mi manto
La pintura de paisaje, que en España vivió un momento de esplendor en las décadas de 1950 y 1960, se volvió luego escasa y poco relevante. Recientemente y con lenguajes renovados, en paralelo a una revalorización de la naturaleza, ha vuelto a estar presente. En ese contexto podemos ver los cuadros de esta artista, que combinan la abstracción expresionista con la experimentación sobre el soporte (dejado a las inclemencias, impreso con hojas). Con un punto de vista generalmente a ras de suelo, tienen un aliento lírico y vital que refleja la delicadeza de la flora silvestre, la belleza de lo intrascendente.


El mundo es un nido
En este juego de espejos que es el universo, en el interior de cada átomo gira un sistema planetario. Y del mismo modo que la tierra está formada por capas sucesivas, lo está el huevo. El nacimiento del mundo a partir de un huevo es una idea común a casi todas las antiguas civilizaciones. La escultura de Raquel Bartolomé, con material vegetal, algas, barro y lana crea esferas concéntricas de protección, que evocan nuestro planeta, el nido cósmico que ha incubado la vida.


La primera morada/Bordar el manto terrestre


En el siglo XVI Segovia era la mayor proveedora de lana de la industria textil de Flandes. La prosperidad que trajo a la provincia nunca se ha vuelto a recuperar, desde que empezó su decadencia a comienzos del siglo XVIII. Por su parte, la zona en donde vive Raquel, la Vera de la Sierra, en la amplia falda del Guadarrama, ha estado marcado siempre por la industria del lino. Así, las dos obras que ha realizado, resultado de un trabajo tan monótono y agotador como las labores del campo, son una manta y un manto. La manta, varias en realidad, utilizan la lana en bruto. Por el tamaño inusual, el color y la irregular monotonía de su superficie, la lana se transforma en potente material escultórico. Trasmite la impresión de acogida, de protección, de calor maternal. De inocencia y, como dice la artista, de “primera morada”. La otra obra es un manto de grandes dimensiones (8 x 2 m), semejante al de muchas Vírgenes de nuestro país. El que ha confeccionado Raquel es un dibujo hecho con semillas de avena, trigo, maíz y cebada sobre una capa de tierra roja, inspirado en modelos del bordado tradicional segoviano. Es también una llamada de atención sobre el valor de las semillas, la riqueza fundamental que encarnan y el riesgo cierto que corren de ser monopolizadas por una industria que pone en peligro la biodiversidad.


El último manto


La vida humana empieza y termina envuelta en una tela. El manto es, definitivamente, nuestra más fiel compañía. El último manto es muy delgado. No tiene que abrigar a quien lo lleva, sino a los que le despiden. El sudario proporciona al cadáver limpieza, orden, dignidad y proclama silenciosamente que su lugar ya no es este mundo.
Así lo encontramos en el jardín del museo, colocado en vertical, aéreo y ligero, como una túnica que envuelve la nada. Recuerda a esos danzantes de la tradición sufí, derviches que giran incansablemente (una palma hacia el cielo y otra hacia la tierra), sobre sí mismos y alrededor de un centro, como para sincronizarse con el movimiento del universo. Esa danza hipnótica es un rito de despojamiento. La fuerza centrífuga va desprendiendo del danzante toda posesión y preocupación terrenas, purificándolo ir más allá de sus límites. En el jardín, esos mantos tienen como contrapunto otros anillos de piedras, como una versión fracasada y terrenal de los aéreos.
Decía que el sudario es el último manto, pero no lo es. Es el mantillo. Por eso el compasivo epitafio latino: Sit tibi terra levis: Que la tierra no te pese.


Final

El arte del último siglo y medio, como corresponde a la sociedad de esa época, ha sido eminentemente urbano. Nacido en las ciudades, hecho para sus habitantes, con temas, medios y referentes a su medida, inseparable de la sociedad industrial. Por eso merece subrayarse la originalidad del trabajo de Raquel Bartolomé, que no es una artista que trabaja en el medio rural, sino que pertenece a él, y cuya creación surge directamente de ese entorno cultural y visual. Su enfoque renovador de los medios y los fines de la
creación artística, demuestra que es posible transformar muchos otros aspectos de nuestra sociedad. Ojalá se cumpla su profecía.

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