Memoria de un asalto

Cuenta la historia que D. Carlos, pretendiente al trono de España frente a Isabel II, su sobrina, reunió a 12.000 soldados en el norte de la Península, de los que 3.000, al mando de dos generales, Elio y Zaratiegui, guerrearon por Castilla, hasta que el 3 de agosto llegaron a Zamarramala, donde harían noche para contemplar la ciudad de Segovia y planificar su ataque.

Entre Diputación y Ayuntamiento disponían de unos efectivos compuestos de 400 milicianos, 180 hombres de tropa y un puñado de jovencísimos cadetes para la defensa del Alcázar. La situación les lleva a pedir al gobierno central (detentado por la reina regenta M.ª Cristina) el envío de refuerzos, hombres y armas. Caso omiso desde la capital.

Así estaba la situación cuando al día siguiente los referidos generales al frente de tres brigadas, castellana, vizcaína y guipuzcoana, por más que no tuvieran apoyo artillero, después de “una arrolladora carga”, consiguieron abrirse paso hacía la ciudad a través de la zona de San Cebrián, escalando la muralla.

Así se planificó el ataque: “Por el Monasterio de El Parral, los batallones vizcaínos al mando de Goiri; al Sur, en la plaza de Azoguejo, los guipuzcoanos con Iturbe, y por el otro lado, por el Arroyo Clamores, los castellanos de Novoa. Los batallones navarros de Oteiza quedaron en Zamarramala de reserva, y la caballería, probablemente más retrasada, en el Eresma”. Mucho enemigo; poca defensa.

Hasta el Alcázar se habían retirado los empleados, los nacionales, el colegio militar y las personas más acomodadas de la ciudad. Esa misma noche, sin disparo alguno, se negocia y se arregla una capitulación honrosa en la que obtuvieron los sitiados su libertad y sus bienes. Zaratiegui conservó el edificio y lo que albergaba. “La generosidad y altura de miras del general carlista, les permitió salir a tambor batiente y armas al hombro”, cuenta su biografía.

La ciudad quedó a merced de los guerrilleros. Hay saqueos en comercios. Francisco Pérez Castrobeza, alcalde, fue “relevado” de su puesto. La alcaldía la ocupa Luis Thomé de la Infanta. Él, junto con la decidida intervención de María Dolores de Meneos, marquesa de Lozoya, navarra y pariente del general Elio “impidieron muertes y mayores saqueos en la ciudad”.

En la refriega hubo un total de 6 muertos y 19 heridos.

Dicen que a las 24 horas de la ocupación había tranquilidad en Segovia. Funcionaban todos los establecimientos incluso el teatro. Sastres y zapateros trabajaban para los carlistas. Estos, a través de la publicación de un bando, crean un batallón con el nombre “Cazadores de Segovia”. En cinco días se alistaron 800 hombres, en su mayoría estudiantes. Este cuerpo fue uno de los que más se distinguió permaneciendo hasta el final de la guerra. Con tres piezas de las siete tomadas, las otras las clavó, en Segovia reorganiza sus fuerzas, mejora el equipo y la caballería encaminándose a La Granja con 4.200 infantes y 450 caballos.

En el Parral, lugar que había sido asaltado por la columna que mandaba Goiri, durante los pocos días que estuvo en su poder se acuñaron de 38 a 40.000 piezas de ocho maravedís, aprovechando los cuños de Fernando VII a los que se había añadido un bigote y el nombre de CAROLUS V.

En recuerdo de esta historia, el gobierno de la Regencia concede, el 25 de abril de 1842, medalla de distinción “a los milicianos y patriotas que defendieron la ciudad de Segovia”.

En recuerdo de este asalto el Ayuntamiento, además de acordar dar el nombre de plaza del 4 de agosto a la actual del Potro, dispuso la celebración de una misa de sufragio en la Catedral cada 4 de agosto.